Cuaderno de campo · 14 de marzo
SalTerra Bioagro · Murcia · Lectura de 6 minutos
Nos sentamos a preparar la campaña de primavera con tres parcelas sobre la mesa: dos en la Vega del Segura y una en el campo de Cartagena. La idea era sencilla y se complicó en cuanto empezamos a cruzar los análisis. Estas son las notas que salieron de esa reunión, sin ordenar demasiado, porque así se trabaja cuando el problema real no cabe en una sola cifra.
El primer punto que anotamos fue una advertencia que conviene repetir: la conductividad eléctrica del extracto saturado no basta para decidir nada. En la parcela de Blanca teníamos una CE de 4,8 dS/m y un PSI por debajo del 8 %. En la de San Javier, una CE parecida, pero con sodio intercambiable muy por encima del 15 % y un suelo arenoso que drena en dos horas. El mismo número, dos problemas distintos. En el primer caso hablamos de sales solubles que se pueden desplazar con lavado; en el segundo, de un suelo que se está degradando por sodicidad y que necesita calcio antes que agua.
Acordamos no aplicar compost a ciegas. En suelos con PSI alto, incorporar materia orgánica sin corregir antes el complejo de cambio puede empeorar la dispersión de arcillas durante semanas. El plan que fijamos fue escalonado: primero una enmienda cálcica en la parcela de San Javier, con incorporación superficial y riego de lavado controlado; después, ya en otoño, compost maduro a dosis moderadas y enterrado con vertedera. En Blanca, donde el problema es más de sales que de sodio, el compost puede entrar antes, pero siempre con un drenaje verificado. Si el agua no sale del perfil, no hay enmienda que valga.
Anotamos también una cifra que suele olvidarse: la relación de adsorción de sodio del agua de riego. En el pozo que comparten dos de las parcelas, el RAS estaba en 6,2. No es catastrófico, pero condiciona todo lo que hagamos después. Regar con esa agua sin aportar calcio es empujar el problema hacia delante.
Discutimos el papel de los bioestimulantes y llegamos a una conclusión poco vistosa pero honesta: no son la solución, son un amortiguador. En tomate bajo invernadero, aplicar aminoácidos o betainas en las fases de cuajado puede reducir el aborto floral cuando la conductividad del agua sube en verano. En olivo de secano, en cambio, la evidencia que manejamos es mucho más débil y no quisimos comprometer presupuesto. Preferimos reservar esa partida para mejorar el riego en las parcelas donde el estrés osmótico coincide con momentos críticos del ciclo.
Quedó pendiente una pregunta que no resolvimos: si conviene inocular microorganismos tolerantes a salinidad antes o después del lavado. La lógica dice que después, para no arrastrarlos con el agua. Pero los ensayos que hemos visto en el sureste no son concluyentes y no queremos vender una certeza que no tenemos. Lo dejamos como línea de trabajo para la próxima campaña, con seguimiento de CE, PSI y actividad microbiana del suelo cada seis semanas.
Antes de mover una sola tonelada de enmienda, necesitamos tres cosas: un análisis de agua actualizado del pozo compartido, una calicata en el extremo sur de San Javier para ver hasta dónde llega la capa dispersa, y una medición de infiltración real, no la que viene en el catálogo del suelo. Con eso encima de la mesa volveremos a reunirnos. Si algo aprendimos en esta sesión es que el orden de las intervenciones importa tanto como la dosis.